diciembre 11, 2009

Conversación entre dos bebes

Dos bebés se encuentran en el útero, confinados en las paredes del seno materno, y mantienen una conversación. Para entendernos, a estos gemelos les llamaremos Ego y Espíritu.

Espíritu le dice a Ego:
—Sé que esto va a resultarte difícil de aceptar, pero yo creo de ver¬dad en que hay vida después del nacimiento.
Ego responde:
—No seas ridículo. Mira a tu alrededor. Esto es lo único que hay. ¿Por qué siempre tienes que estar pensando en que hay algo más apar¬te de esta realidad? Acepta tu destino en la vida. Olvídate de todas esas tonterías de vida después del nacimiento.

Espíritu calla durante un rato, pero su voz interior no le permite permanecer en silencio durante más tiempo.
—Ego, no te enfades, pero tengo algo más que decir. También creo que hay una madre.
—¡Una madre! —exclama Ego con una carcajada—. ¿Cómo puedes ser tan absurdo? Nunca has visto una madre. ¿Por qué no puedes aceptar que esto es lo único que hay? La idea de una madre es descabe¬llada. Aquí no hay nadie más que tú y yo. Ésta es tu realidad. Ahora cógete a ese cordón. Vete a tu rincón y deja de ser tan tonto. Créeme, no hay ninguna madre. Espíritu deja, con renuencia, la conversación, pero la inquietud puede con él al cabo de poco.

—Ego —implora—, por favor, escucha, no rechaces mi idea. De alguna forma, pienso que esas constantes presiones que sentimos los dos, esos movimientos que a veces nos hacen sentir tan incómodos, esa continua recolocación y ese estrechamiento del entorno que parece producirse a medida que crecemos, nos prepara para un lugar de luz deslumbrannte, y lo experimentaremos muy pronto.

—Ahora sé que estàs completamente loco —replica Ego—. Lo único que has conocido es la oscuridad. Nunca has visto luz. ¿Cómo puedes llegar a tener semejante idea? Esos movimientos y presiones que sien¬tes son tu realidad. Eres un ser individual e independiente. Éste es tu viaje. Oscuridad, presiones y una sensación de estrechamiento a tu alre¬dedor constituyen la totalidad de la vida. Tendrás que luchar contra eso mientras vivas. Ahora, aférrate a tu cordón y, por favor, estáte quieto.

Espíritu se relaja durante un rato, pero al fin no puede contenerse por más tiempo.
—Ego, tengo una sola cosa más que decir, y luego no volveré a mo¬lestarte.
—Adelante —responde Ego, impaciente.
—Creo que todas estas presiones y toda esta incomodidad no sólo van a llevarlos a una nueva luz celestial, sino que cuando eso suceda va¬mos a encontrarnos con la madre cara a cara, y conocer un éxtasis que superará todo lo que hemos experimentado hasta ahora.
—Estás realmente loco. Ahora sí que estoy convencido.

De Wayne Dyer: "Tus zonas sagradas"

septiembre 08, 2009

La princesa de Babilonia

VOLTAIRE
La Princesse de Babylon
(1768)

I

El anciano Belus, rey de Babilonia, se creía el hombre más importante de la tierra, ya que todos sus cortesa
nos se lo decían y todos sus historiadores se lo probaban. Esta ridiculez podía disculpársele porque, efectivamente, sus antecesores habían construido más de treinta mil años atrás Babilonia y él la había embellecido.
Pero lo más admirable que había en Babilonia, lo que eclipsaba todo el resto, era la hija única del rey, llamada Formosanta. Y era por eso que Belus se sentía más orgulloso de su hija que de su reino. Tenía dieciocho años: necesitaba un marido digno de ella, pero, ¿dónde hallarlo?
Un antiguo oráculo había dicho que Formosanta sólo podía pertenecer a aquel que tendiese el arco de Nemrod. Había sido dicho, además, que el brazo que tendiese este arco debía matar al león más terrible y peligroso que fuese soltado en el circo de Babilonia. Aquello no era todo: el que tensase el arco, el vencedor del león, debía derrotar a todos sus rivales, pero debía ser sobre todo muy talentoso, ser el más magnífico de los hombres, el más virtuoso, y poseer la cosa más rara que hubiese en todo el universo.
Tres reyes se presentaron osando disputar a Formosanta: el faraón de Egipto, el Sha de las Indias y el gran Khan de los escitas. Los tres reyes se prosternaron primero ante Belus y Formosanta. El rey de Egipto ofreció a la princesa los dos cocodrilos más bellos del Nilo, dos hipopótamos, dos cebras, dos ratas de Egipto y dos momias, junto con los libros del gran Hermes, que él creía eran lo más raro que existía sobre la tierra. El rey de las Indias le ofreció cien elefantes que llevaban cada uno una torre de madera dorada y puso a sus pies el veda, escrito por la mano del mismo Xaca. El rey de los escitas, que no sabía leer ni escribir, presentó cien caballos de batalla cubiertos por gualdrapas de pieles de zorros negros.

Cuando iban a comenzar aquellas pruebas que decidirían la suerte de Formosanta, un joven desconocido montado sobre un unicornio, acompañado de su valet que iba montado de la misma manera y llevaba sobre su puño un gran pájaro, se presenta ante la barrera. Los guardias se
asombraron de ver en semejante compañía a una figura que parecía una divinidad. Era, como después se dijo, el rostro de Adonis sobre el cuerpo de Hércules; era la majestad junto con la gracia. Sus cejas negras y sus rubios cabellos, mezcla de belleza desconocida en Babilonia, encantaron a toda la asamblea: todo el anfiteatro se puso de pie para admirarlo mejor; todas las mujeres de la corte fijaron sobre él miradas asombradas. La misma Formosanta, que siempre bajaba los ojos, los levantó y enrojeció; los tres reyes palidecieron; todos los espectadores comparando a Formosanta con el desconocido exclamaban:
-¡En todo el mundo sólo este joven es tan bello como la princesa!

Los ujieres, asombrados, le preguntaron si era rey. El extranjero repuso que no tenía ese honor, pero que por curiosidad había venido desde muy lejos para ver si existían reyes que fueran dignos de Formosanta. Se lo ubicó en la primera fila del anfiteatro, a él, a su valet, a sus dos unicornios y a su pájaro.

Comenzaron las pruebas. Sacaron de su estuche el arco de Nemrod. El gran maestro de ceremonias, seguido de cincuen
ta pajes y precedido de veinte trompetas, lo presentó al rey de Egipto. Desciende al medio de la arena, lo intenta, agota sus fuerzas, hace contorsiones que excitan la risa del anfiteatro y que hacen sonreír hasta a la misma Formosanta.
Se colocó luego el arco en las manos del rey de las Indias, quien a causa de eso, tuvo luego ampollas en las manos durante quince días. Y se consoló suponiendo que el rey de los escitas no tendría más suerte que él. Llegando su turno, el escita manipuló a su vez el arco. Unía la fuerza a la destreza; el arco pareció adquirir cierta elasticidad en sus manos, consiguió doblarlo un poco, pero nunca llegó a tensarlo.
Entonces el joven desconocido descendió de un salto a la arena y dirigiéndose al rey de los escitas dijo:
-Que su majestad no se sienta asombrado por no haber logrado un éxito absoluto. Estos arcos de ébano se hacen en mi país; existe una manera determinada de encararlos. Vos tenéis mucho mayor mérito por haber logrado doblarlo que el quepuedo tener yo en tensarlo.

Inmediatamente tomó una flecha, la ajustó sobre la cuerda, tendió el arco de Nemrod e hizo volar la flecha mucho más allá de las barreras. Un millón de manos aplaudieron este prodigio. Babilonia resonó con las exclamaciones y las mujeres decían:
-¡Que fortuna que un mancebo tan hermoso tenga tanta fuerza!

Mientras tanto Belus, luego de haber consultado a sus magos, declaró que, si bien ninguno de los tres reyes había podido
tender el arco de Nemrod, no era ésta razón suficiente para que su hija no se casara, y que ella pertenecería a aquel que lograrse abatir al gran león que expresamente criaba en su casa de fieras.
El rey de Egipto, que había sido educado en la sabiduría de supaís, halló muy ridículo que un rey se expusiera a las fieras para poder cazarlo.Reconocía que la posesión de Formosanta era algo muy valioso, pero pensaba que si el león lo mataba no podría jam
ás desposar a esta hermosa babilónica. El rey de las Indias compartió el sentimiento del egipcio. Ambos llegaron a la conclusión de que el rey de Babilonia se burlaba de ellos. Habiendo llegado a esta conclusión los dos reyes enviaron cada uno a su país una orden expresa de reunir un ejército de trescientos mil hombres para raptar a Formosanta.
Mientras tanto el rey de los escitas descendió solo a la arena cimitarra en mano. El valiente escita hunde su espada en las fauces del león, pero la punta, chocando contra uno de esos dientes durísimos que nada puede perforar, se quiebra en astillas, y el monstruo de las selvas, furioso por su herida, imprime ya la marca de sus uñas sangrientas en los flancos del monarca.
El joven desconocido, conmovido por el peligro que corre un príncipe tan valiente, se lanza a la arena más rápido que un rayo, corta la cabeza del león con la misma destreza de que luego hicieron gala en nuestras calesitas los jóvenes caballeros, diestros en arrancar cabezas de moros, o sortijas.
Luego, sacando una cajita, la presenta al rey escita, diciéndole:
-Su Majestad hallará en esta cajita un bálsamo verdadero que crece en mi país. Vuestras gloriosas heridas se curarán en un instante. Sólo el azar os ha impedido triunfar sobre el león, vuestro valor no es por ellos menos admirable.

El desconocido entregó la cabeza del león a su criado, y éste, luego de haberla lavado en la gran fuente que estaba bajo el anfiteatro, y haber dejado que manara t
oda la sangre, tomando un hierro de su bolsita, arrancó los cuarenta dientes del león y colocó en su lugar cuarenta diamantes de igual tamaño. Su señor con su habitual modestia volvió a colocarse en su lugar y entregó la cabeza del león a su pájaro:
-Hermoso pájaro -dijo-, ve a llevar a los pies de Formosanta este humilde
homenaje.
La atención, la curiosidad, el asombro, el éxtasis de toda la corte se dividían entre los cuarenta diamantes y el pájaro. Se había posado sobre la balaustrada, entre Belus y su hija Formosanta; ella lo acariciaba, lo halagaba, lo besaba.

Belus, que había examinado con atención los diamantes, juzgaba que una de sus provincias apenas podría pagar un presente tan rico. Ordenó que se pre
pararan para el desconocido presente aún más magníficos que los que habían destinado a los tres monarcas.
-Este mancebo -decía- es sin duda el hijo del rey de la China, o de esa parte del mundo llamada Europa, de la que he oído hablar, o del África, que es, según se dice, vecina del reino de Egipto.

Envió de inmediato a su g
ran escudero para que llevase sus regalos al desconocido y para que le preguntase si era soberano de alguno de estos imperios, y por qué, poseyendo tan inmensos tesoros, había venido solo con un escudero y un bolso tan pequeño. Mientras que el escudero se adelantaba hacia el anfiteatro para cumplir su cometido, llegó otro valet sobre un unicornio. Este criado dirigiendo la
palabra al mancebo, le dijo:
-Ormar, vuestro padre llega al final de sus días, he venido a advertiros.
El desconocido elevó sus oj
os al cielo, derramó algunas lágrimas y sólo respondió con esta palabra:
-Partamos.

El gran escudero, luego de haber dado los parabienes de Belus al vencedor del león, al donador de los cuarenta diamantes, al dueño del hermoso pájaro, preguntó al criado de qué reino era soberano el padre de este joven héroe. El valet respondió:
-Su padre es un viejo pastor muy amado en su región.

Durante esta breve conversación el joven ya había montado sobre el unicornio. Dijo al gran escudero:
-¡Señor, dignaos ponerme a los pies de Belus y de su hija! Oso suplicarle tener gran cuidado del pájaro que le dejo; es tan único como ella.

Diciendo estas palabras partió como un rayo; sus dos valets lo siguieron y se perdió de vista. Formosanta no pudo evitar lanzar un fuerte grito.


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